El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Estar allà en el colegio, sin poder movernos, resultaba superior a nuestras fuerzas. Meaulnes se paseaba de un lado a otro, se aproximaba a las ventanas, observaba el jardÃn, y luego volvÃa a asomarse y miraba el pueblo, como si aguardara a alguien que, en realidad, no habrÃa de llegar.
—Creo —dijo, por fin— que aquello no está tal vez tan lejos como, suponemos. Frantz eliminó del plano un pedazo de camino que yo habÃa señalado, y esto quizás quiere decir que la yegua, mientras yo dormÃa, dio una larga e inútil vuelta.
Un tanto sentado en el extremo de la mesa, con un pie en el suelo y el otro agitándose en el aire, yo permanecÃa cabizbajo, en una actitud de pereza y desaliento.
—Sin embargo —le dije—, tu viaje de regreso en la berlina duró toda una noche.
—Partimos a medianoche —me respondió. A las cuatro de la madrugada me dejaron a unos seis kilómetros de Sainte-Agathe. A la ida, en cambio, marché por el Este, por la carretera de La Gare. Por consiguiente hay que rebajar esos seis kilómetros entre Sainte-Agathe y el lugar perdido. En verdad, creo que una vez fuera del bosque del Concejo no se debe estar muy lejos de lo que estamos buscando.
—Esas dos leguas, justamente, son las que faltan en tu mapa.