El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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—Es verdad. Y el bosque termina a legua y media de aquí; pero, con buenas piernas, se puede hacer el recorrido en una mañana.

En ese instante llegó Moucheboeuf. Tenía la molesta costumbre de hacerse pasar por un buen alumno, no porque fuese más inteligente que los otros, sino sobresaliendo en ocasiones como las de aquel día.

—Ya sabía que los encontrarías a ustedes dos, nada de más —dijo en tono triunfal—. Los otros se fueron al bosque del Concejo. Jazmín Delouche, que sabe dónde hay nidos, los dirige.

Y, haciéndose el virtuoso, comenzó a contarnos todo lo que los chicos, al proponer la excursión, habían comentado de las clases, del señor Seurel y de nosotros.

—Si se han ido al bosque, los veré al pasar —dijo Meaulnes—. Yo también me voy. Estaré de vuelta alrededor de las doce y media.

Moucheboeuf se quedó asombrado.

—¿No vienes? —me preguntó Agustín, deteniéndose un instante en el umbral de la puerta entreabierta; y en la sala gris, con un soplo de aire soleado entró un ruido de voces, de gritos y píos, de un cubo en el brocal del pozo, el restallar de un látigo a lo lejos.

—No —le respondí, a pesar de que la tentación era muy grande—, no puedo por el señor Seurel. Pero apúrate. Te esperaré impaciente.


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