El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Hizo una mueca incierta y se marchó velozmente, lleno de esperanza. El señor Seurel llegó a eso de las diez. Se había sacado la chaqueta de alpaca y vestía su abrigo de pescador, de grandes bolsillos con botones, un sombrero de paja y unas polainas charoladas y cortas que le sostenían los bajos del pantalón. No aparentó asombrarse mucho de no encontrar a nadie, ni quiso escuchar a Moucheboeuf, que repitió tres veces lo, que habían dicho del señor Seurel los demás alumnos:
—¡Si nos necesita, que venga a buscarnos!
Mi padre ordenó:
—Ordenen sus cosas, pónganse las gorras y vamos nosotros a echarlos de su nido. ¿Podrás llegar, François?
Le contesté afirmativamente y nos marchamos. Moucheboeuf guiaría al señor Seurel, ya que conocía las espesuras en que se habían internado los cazadores de nidos. De vez en cuando tenía que llamarlos a gritos:
—¡Eeeh! ¡Hola! ¡Giraudat, Delouche! ¿Dónde están? ¿Hay nidos? ¿Los encontraron? Para mi enorme satisfacción, se me encomendó que siguiera el extremo oriental del bosque, por si los alumnos fugitivos escogían aquel sector para huir. Pero en el plano corregido por el titiritero, que tantas veces habíamos analizado con Meaulnes, una parte del camino de tierra partía de esa parte del bosque en dirección al castillo, y comencé a imaginar que antes del mediodía encontraría el sendero de la perdida mansión.