El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Fue un paseo estupendo. Apenas pasamos el Glacis y bordeamos el Molino, dejé a mis compañeros, al señor Seurel, que parecía estar marchando a la guerra y que hasta creo que se había metido una vieja pistola en el bolsillo, y al traidor de Moucheboeuf. Caminé por una cortada y llegué muy pronto al límite del bosque, solo por el campo por primera vez en mi vida, como una patrulla que ha extraviado al jefe. Me veía cerca de la extraña felicidad que Meaulnes había experimentado un día. Mientras él, mi hermano mayor, estaba en plena búsqueda, yo era el dueño de toda la mañana para registrar la orilla del bosque, el paraje más oloroso y escondido del pueblo. El lugar se semejaba al cauce de un viejo arroyo, y yo pasaba rozando las ramas bajas de unos árboles, cuyo nombre desconocía, pero que debían ser alisos. Al final del camino, salté un seto vivo, y penetré en la gran avenida de hierba verde que se esparcía bajo las frondas. Al pasar, partía las altas valerianas y de tanto en tanto pisaba las matas de ortigas. Mis pies pisaban a veces, sólo algunos pasos, un trecho de fina arena. Y en medio de la quietud se oía trinar a un pájaro. Supongo que era un ruiseñor, aunque sin duda me equivoco, ya que los ruiseñores cantan solamente por las tardes. Era un pájaro que repetía con insistencia las mismas notas: voz de la mañana, palabra pronunciada bajo la enramada, espléndida invitación al viaje entre los alisos. El pájaro parecía acompañarme por la arboleda, invisible y obstinado. Igualmente, por primera vez, yo también me encontraba en el camino de la aventura. Ya no buscaba, bajo la conducción del señor Seurel, conchas abandonadas por el agua, ni orquídeas desconocidas para el maestro de escuela, y ni siquiera buscaba en el huerto del tío Martin, como acostumbrábamos hacer, la fuente enrejada, profunda y seca, enterrada bajo tan frondosos matorrales, que cada vez nos llevaba más tiempo hallar. Buscaba algo más misterioso todavía: el paso de que hablan los libros, el viejo camino perdido, aquel sendero que no pudo encontrar el príncipe extenuado, camino que se descubre en la hora más incierta de la mañana, cuando se ha olvidado hace largo tiempo que van a ser las once, que va a ser el mediodía. Y entonces, sorpresivamente, entre el tupido follaje, al apartar las ramas a la altura de la cara y de una forma desigual, con un ademán vacilante en las manos, el camino llega como una larga avenida sombría, con un pequeño círculo luminoso como salida.