El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Mi pierna agotada y el calor, que no había sentido hasta ese momento, empezaban a fastidiarme, y sentía miedo de tener que regresar solo. Pero escuché cerca la voz del señor Seurel, de Moucheboeuf, y después otras voces que me llamaban. Me aproximé al grupo, compuesto por seis compañeros, entre los que sólo Moucheboeuf tenía un gesto alegre. Eran Giraudat, Auberger, Delage y otros. La trampa de Moucheboeuf había hecho sorprender a unos montados a un solitario cerezo silvestre y a otros en un calvero, sacando nidos de picoverdes. Giraudat, con su cara de tonto, sus párpados hinchados y su blusa sucia, se había escondido los pichones en el pecho, entre la camisa y la piel. Dos de sus compinches, seguramente Delouche y el pequeño Coffin, habían escapado al acercarse el señor Seurel. Primero habían respondido a «Mouchevache» con frases despectivas, que los ecos del bosque devolvían, y el torpe de Moucheboeuf[1] herido en su amor propio y creyendo tenerlos atrapados, había gritado:
—Tienen que bajar. El señor Seurel está aquí.