El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Entonces, todo quedó repentinamente en silencio. Huyeron calladamente a través del bosque, sin que nadie intentara alcanzarlos, pues la arboleda no guarda secretos para ellos. Tampoco se sabía dónde estaba el gran Meaulnes. Su voz no se había escuchado, y hubo que desistir de buscarlo. Ya era más de mediodía cuando nuevamente, despacio, cabizbajos, cansados y sucios de tierra, volvimos por el camino de Sainte-Agathe.
Al salir del bosque raspamos o sacudimos el barro de nuestras botas, y a esa hora el sol comenzó a hervir. Ya no se trataba de la mañana de primavera tan fresca y brillante; se hacía notar la tarde. De vez en cuando un gallo lanzaba un desolado grito en las granjas desiertas, a ambos lados del camino. Al bajar del Glacis, nos detuvimos un instante con unos peones que habían retomado su trabajo después de la comida. Estaban apoyados sobre un cerco, y el señor Seurel les dijo:
—¡Éstos son los que se creen pillos! Mírenlo a Giraudat, se ha escondido los pichones en el pecho y allí le han hecho lo que han querido. ¡Qué porquería!
Imaginaba que la carcajada de los peones también estaba festejando mi derrota. Se reían, moviendo la cabeza, pero no podían ser demasiado rudos con los chicos aquellos que conocían bien. Y cuando el señor Seurel encabezó otra vez el grupo, llegaron inclusive a contarme: