El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes NOS habíamos apresurado, al anunciar la llegada de la primavera. El lunes por la tarde intentamos hacer nuestros deberes inmediatamente después de las cuatro, como lo hacemos en verano, y, para ver mejor, sacamos al patio dos grandes mesas. Peto rápidamente oscureció, y unas gotas de lluvia se deslizaron sobre el cuaderno. En seguida, volvimos a entrar, y desde la gran sala sin luz, a través de las anchas ventanas observábamos en silencio, en el cielo gris, la catástrofe de las nubes.
Entonces Meaulnes, que estaba mirando igual que nosotros, con la mano apoyada sobre el picaporte de una ventana, no pudo frenarse y exclamó, como si se sintiese enfadado por tanta tristeza:
—¡Ah, las nubes no corrían de esta manera cuando yo iba por la carretera en el coche de «La Buena Estrella»!
—¿Por qué carretera? —preguntó Jazmín.
Pero Meaulnes no le respondió.
Y yo añadí, bromeando: