El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Mis padres fueron avisados; el señor Seurel se mostró muy asombrado, pero pronto aceptó las razones de Agustín; Millie se angustió en especial al pensar que la madre de Meaulnes hallaría nuestra casa en un desorden desacostumbrado. La maleta estuvo lista en seguida. Buscamos bajo la escalera, en el armario, sus zapatos de fiesta y un poco de ropa blanca, luego sus papeles y libros de estudio, todo lo, que un muchacho de dieciocho años tiene en el mundo.

La señora Meaulnes llegó al mediodía, en coche. Comió junto con su hijo en el café «Daniel», y se lo llevó casi sin dar explicaciones apenas terminamos de ensillar y dar de comer al caballo. Los despedimos desde el umbral, y el coche desapareció por la curva de los Cuatro Caminos.

Millie se sacudió los zapatos frente a la puerta y entró en el helado comedor, para poner en orden lo desarreglado. Y yo, por primera vez después de largos meses, me quedé solo ante una larga tarde de jueves, con la impresión de que en aquel viejo coche se marchaba para siempre mi adolescencia.




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