El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Continuaba mirando en dirección al pueblo, con las manos aferradas a los barrotes, a la altura de la cabeza. De nada servÃa preguntarle si su madre, rica y que le consentÃa todos sus deseos, lo habÃa hecho con aquél, como tampoco preguntarle por qué querÃa, de pronto, irse a ParÃs.
Pero él sentÃa y temÃa, estoy seguro, abandonar aquel querido pueblo de Sainte-Agathe, desde donde partiera para su aventura. Por mi parte, sentÃa agitarse dentro de mà una violenta desolación, que experimentaba por primera vez.
—¡Se acerca Pascua! —exclamó, a modo de explicación, suspirando.
—Apenas llegues allá me escribirás, ¿no es cierto? —le pregunté.
—Te lo prometo, por supuesto. ¿Acaso no eres mi amigo y mi hermano?
Y me puso la mano en el hombro.
Poco a poco me iba dando cuenta de que todo habÃa terminado, ya que Meaulnes querÃa terminar sus estudios en ParÃs, y nunca más tendrÃa a mi lado al gran compañero.
No existÃa ninguna posibilidad de que nos encontráramos, salvo en aquella casa de ParÃs, en que iba a buscar su perdida aventura. Al verlo tan abatido, comprendà que tal esperanza era muy escasa.