El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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En el primer momento, y tan joven como era, consideré esta novedad como una fiesta. Pero fue una triste fiesta, ya que todo el calor de la estufa lo absorbía la colada. Hacía mucho frío. En el patio caía una lluvia invernal, blanda e interminable. A pesar de ello, allí fue donde, desde las nueve de la mañana, aburrido, me encontré nuevamente al gran Meaulnes. Por los barrotes del portón en que apoyábamos en silencio la cabeza veíamos llegar a la parte alta del pueblo, por los Cuatro Caminos, desde el fondo del campo, un cortejo fúnebre. Descargaban el ataúd, que traían en una carreta de bueyes, y lo colocaban sobre una losa, al pie de la gran cruz donde el carnicero viera, no hacía mucho, a los vigías del titiritero desaparecido, que con tanta pericia había dirigido el abordaje. El cura y los cantores se ubicaron, como se acostumbra, frente al ataúd, y los cantos fúnebres llegaron hasta nosotros. Ya sabíamos que aquél sería el único entretenimiento del día, un día que se escurriría hasta la última gota, como la lluvia amarillenta que iba resbalando sobre la canaleta.

—Y ahora —dijo Meaulnes de pronto— voy a preparar las valijas. Debo decírtelo, Seurel: el jueves pasado escribí a mi madre para pedirle que me permita terminar mis estudios en París. Yo parto hoy.


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