El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Me sentía muy poco orgulloso de la tarde que había pasado. Ya caminaba por los Cuatro Caminos. Sin darme cuenta, de repente, vi de nuevo en la esquina la cara seria y fraternal que me sonreía, la última seña con la mano y el coche que se esfumaba.
Un viento frío hizo temblar mi blusa, parecido al viento del último invierno, tan trágico y tan bello. Ya todo me parecía más difícil. En el aula grande, donde me esperaban para cenar, fuertes corrientes de aire atenuaban el débil calor que proporcionaba la chimenea. Yo tiritaba, mientras me reprochaba la tarde de vagabundo que había pasado. Ni siquiera me quedaba, para regresar a la vida tranquila de antes, el consuelo de sentarme a la mesa en el lugar de costumbre. Esa noche no había mesa; cada cual apoyaba la cena sobre sus rodillas, donde pudiera, en el aula oscura. Ya comía silenciosamente la torta cocida sobre la estufa, que era el premio de ese jueves pasado en la escuela y se había quemado sobre las enrojecidas planchas.
A la noche, solo en mi habitación, me acosté velozmente para aplastar el remordimiento que sentía crecer desde el fondo de mi pena. Desperté dos veces en medio de la noche, imaginando, la primera vez, el ruido de la cama de al lado, en la que Meaulnes acostumbraba darse vuelta bruscamente, y la otra vez, su suave paso de cazador al acecho atravesando los graneros del fondo…