El Gran Meaulnes

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Y yo casi estaba compartiendo sus opiniones. Todo habría resultado de otra forma, indudablemente, si no hubiéramos tomado la cuestión tan a lo misterioso y a lo tremendo. Fue la influencia de ese Frantz la que lo echó todo a perder.

Repentinamente, mientras estaba envuelto en estos pensamientos, escuchamos un rumor en la tienda. Jazmín Delouche se apresuró a ocultar la botella de licor tras el tonel; el gordo Boujardon saltó desde la ventana, y al pisar una botella vacía y polvorienta, haciéndola rodar, estuvo a punto de caer. El pequeño Roy lo empujó por detrás, para salir más rápido, casi ahogado de tanto reír.

Sin terminar de entender lo que estaba sucediendo, escapé, con ellos, cruzando el patio, y, por una escalera, subimos a un depósito de heno. Escuché una voz de mujer tratándonos de vagos.

—¿Cómo iba a suponer que volvería tan pronto? —dijo Jazmín en voz muy baja. Recién entonces comprendí que estábamos allí sin permiso robando bizcochos y licor. Sentí la desilusión del náufrago que, creyendo estar hablando con un hombre, advierte de pronto que se trata de un mono. Mi único pensamiento fue dejar el granero, ya que me desagradaba esa clase de hazañas. Además, ya anochecía. Me hicieron pasar por detrás; crucé dos huertos, di la vuelta a un charco, me encontré otra vez en la calle mojada, en la que se reflejaban las luces del café «Daniel».


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