El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes «Todavía paso por debajo de aquella ventana. Todavía espero, como un loco, sin la menor esperanza. Al terminar estos fríos domingos de otoño, en el momento en que va a anochecer, no sé decidirme a entrar en casa y cerrar los postigos de mi habitación, sin regresar allí, a la helada calle. Soy igual que aquella loca de Sainte-Agathe, que a cada instante, salía al umbral de su puerta y miraba, poniéndose las manos sobre los ojos como una visera, hacia La Gare, para ver si por allí volvía el hijo que se había muerto. Sentado en el banco, tiritando de frío, hecho un miserable, me satisfago en imaginar que alguien va a tomarme dulcemente el brazo. Me daría vuelta. Y sería ella… Me he retrasado un poco, me diría solamente. La pena y la locura desaparecen. Entramos en casa. Las pieles que lleva están heladas, su velo mojado. Trae el olor de la niebla de la calle, y mientras se aproxima al fuego, veo sus cabellos rubios repletos de escarcha y su hermoso perfil, de tan suave dibujo, inclinándose sobre las llamas. Pero el cristal de la ventana sigue teniendo la blancura del visillo que está atrás. Y aunque la dama de la heredad perdida lo descorriera, ya nada sabría decirle ahora. Nuestra aventura ha concluido. Este invierno es inmóvil como una tumba. Tal vez nuestra muerte, tal vez sólo la muerte, nos dé la clave y la prolongación de esta aventura. Seurel, te pedía el otro día que pensaras en mí. Ahora, por el contrario, más vale que me olvides. Sería mejor olvidarlo todo».