El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes A. M.
Y llegó otro invierno, tan muerto como había sido vivo de extraña vida el anterior: la plaza de la iglesia sin titiriteros, el patio del colegio abandonado a las cuatro por los chicos, la sala del aula en que yo estudiaba con rabia Y a solas. En febrero, por primera vez en aquel invierno, nevó, y esa nieve enterró definitivamente nuestra novela de aventuras del año pasado, confundió todos los rastros, hizo desaparecer las últimas huellas. Haciendo caso a lo que Meaulnes me había pedido en su carta, me esforcé por olvidarme de todo.