El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes —AsÃ, tal vez algún muchacho alocado me esté buscando por el extremo opuesto de la tierra, mientras yo estoy aquÃ, en la tienda de la señora de FlorentÃn, bajo esta lámpara, mientras el caballo me espera a la puerta. Si aquel joven me viera, no podrÃa creerlo, ¿verdad?
Al verla sonreÃr, cobré valor y sentà que era el momento oportuno para decirle, sonriendo también:
—¿Y cómo sabe usted que yo no conozco a ese muchacho alocado?
Me miró con viveza. En ese momento se oyó llamar a la puerta, y entraron dos mujeres, manidas de cestas. Mi tÃa, abriendo la puerta de la cocina, nos indicó:
—Pasen al comedor, allà estarán más tranquilos… El señor de Galais está conversando con Florentin, Junto al fuego —agregó, al ver que la visitante rehusaba, queriendo marcharse enseguida.
Siempre, incluso en agosto, ardÃa en la espaciosa cocina un eterno haz de leña de abeto. Brillaba también allà una lámpara de porcelana. Junto a Florentin, frente a dos vasos de aguardiente, se hallaba sentado un anciano de rostro afeitado y liso, cubierto de arrugas, silencioso casi siempre, como abrumado por el peso de los años y los recuerdos.
Florentin nos saludó con su vozarrón de vendedor de feria: