El Gran Meaulnes

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Y sonrío, queriendo decir que mis primos le habían hablado de mí.

—Es que los aldeanos son siempre tan corteses conmigo, tan afectuosos y serviciales… —continuó—. Yo los quiero mucho, pero ¿qué mérito hay en quererlos? Con la maestra, en cambio, son mezquinos y quisquillosos. Siempre están hablando de lapiceras perdidas, de cuadernos demasiado caros o niños que no aprenden… Pues bien, aunque me peleara con ellos, me querrían. Sería mucho más difícil…

Y sin sonreír, adoptó de nuevo su actitud infantil y soñadora, con esa mirada azul, inmóvil.

A los tres nos turbaba tanta facilidad para referirse a cosas delicadas, sutilezas y secretos, que solamente en los libros son tratados como es debido. Tras un instante de silencio, se inició lentamente una discusión…

Pero ella, con una especie de pesar y de hostilidad contra no sé qué elemento oculto en su vida, prosiguió:

—Además, yo les enseñaría a los niños a ser buenos, con una bondad que yo conozco. No los incitaría a correr mundo, como seguramente hará usted, señor Seurel, cuando sea maestro. Les enseñaría a encontrar la felicidad que tienen tan cerca, aunque no lo parezca…

Marie Louise y Fermín se hallaban tan cohibidos como yo; no pronunciábamos palabra. Al advertir nuestra turbación, ella calló, mordiéndose los labios. Inclinó la frente y, como burlándose de nosotros, sonrió:


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