El Gran Meaulnes

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Al menos eso fue lo que descubrí y mientras ella descendía lentamente del coche, y más tarde cuando Marie Louise, presentándola —¡por fin!— con desenvoltura, me obligó a dirigirle la palabra.

Le ofrecieron una silla reluciente donde ella se sentó, acercándola al mostrador, mientras nosotros permanecíamos de pie. Aparentemente conocía la tienda, y le agradaba. Puesta sobre aviso enseguida, llegó tía Julie, y todo el rato en que ella estuvo hablando, discreta, con las manos unidas sobre el regazo, meneando suavemente su cabeza de campesina y de tendera cubierta por una blanca cofia, retrasó el momento —que me atemorizaba un tanto— de trabar conversación con ella…

Fue sencillísimo.

—¿De manera que pronto será usted maestro? —inquirió la señorita de Galais.

Por sobre nuestras cabezas, mi tía encendía la lámpara de porcelana, que iluminaba débilmente la tienda. Yo contemplaba el rostro infantil de la joven, sus ojos azules, tan ingenuos, y por ello me sorprendía más su voz tan precisa y formal. Cuando callaba, volvía la mirada a otro lado, a la espera de la respuesta, y se mordía levemente los labios.

—También yo me dedicaría a la enseñanza, si me lo permitiera el señor de Galais —agregó—. Enseñaría a los niños, como su madre…


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