El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Instantes más tarde se detenía frente a la puerta vidriera aquel extraño grupo. Un antiguo carruaje de granja, de paneles redondeados y con unas molduritas desconocidas en aquella zona; un viejo caballo blanco, que parecía ir mordisqueando siempre alguna hierba de la carretera, tanto agachaba la cabeza al andar; y en el pescante —lo digo con toda el alma, pero a plena conciencia— la joven más hermosa que tal vez haya existido en el mundo.

Nunca vi tanta gracia unida a tanta seriedad. El vestido que lucía le afinaba tanto la cintura que parecía quebradiza. Llevaba echado a los hombros un gran abrigo pardo, que se sacó al entrar. Era la más grave de las muchachas, la más delicada de las mujeres. Una abundante cabellera rubia prestaba marco a su frente y su rostro, delicadamente delineado, finamente modelado. En su tez purísima había puesto el verano dos pinceladas encarnadas… No encontré en tanta belleza más que un defecto: en los momentos de tristeza, de desaliento o incluso de meditación profunda, aquel rostro tan puro se teñía levemente de rojo, como les sucede a ciertos enfermos que están graves sin que nadie lo sepa. Entonces toda la admiración de quien la contemplaba cedía ante una especie de compasión, tanto más desgarradora cuanto más sorprendida.


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