El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes —Pues si no le preocupan los bienes de fortuna, buen partido es —sonrió Florentin—. Tendré que hablar con el señor de Galais… Algunas veces suele venir aún a comprar sus perdigones, y entonces siempre lo invito a beber una copita de aguardiente añejo.
Pero yo me apresuré a pedirle que no hiciera nada; habÃa que esperar. Tampoco yo me di mucha prisa en avisar a Meaulnes; semejante cúmulo de perspectivas felices me causaba cierta intranquilidad. Y esa inquietud me aconsejaba no decirle nada sin haber visto, por lo menos, a esa joven.
No tuve que esperar mucho. Fue al dÃa siguiente, un poco antes de la cena; comenzaba a anochecer, y una niebla fresca, más propia de setiembre que de agosto, caÃa con la noche. Pensando que el almacén quedarÃa libre de clientes por un rato, FermÃn y yo habÃamos ido a ver a Marie Louise y Charlotte, a quienes ya habÃamos revelado el secreto que me llevaba tan pronto a Vieux-Nançay. Apoyados en el mostrador o sentados sobre él, con las palmas de la; manos reposando sobre la madera lustrosa, nos contábamos unos a otros torio lo que sabÃamos acerca de esa misteriosa muchacha —que era bien poco— cuando un ruido de ruedas nos hizo volver la cabeza.
—Aquà está, es ella —comentaron todos en voz baja.