El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes ERA la primera vez que hacía un viaje tan largo en bicicleta. Pero hacía mucho que Jazmín, pese a mi rodilla enferma, me había enseñado a manejarla. Si para cualquier joven la bicicleta es una máquina tan divertida, ¿qué no sería para mí, pobre muchacho que poco antes arrastraba todavía miserablemente la pierna, bañado en sudor apenas recorría cuatro kilómetros? Lanzarse desde lo alto de las pendientes, internarse en las profundidades del paisaje; descubrir, como en un aleteo, las lejanías del sendero que se abren y florecen al acercarse; cruzar en un abrir y cerrar de ojos una aldea, llevándosela entera en una mirada… Únicamente en sueños había conocido hasta entonces una marcha tan veloz, tan fascinante. Y así, bebiéndome la ruta que me llevaba hasta Meaulnes, me atrevía a abordar animosamente incluso las cuestas.
Mucho tiempo atrás, Meaulnes me lo había descripto así:
—Poco antes de llegar al pueblo se ve una gran rueda, cuyas aspas giran con el viento…