El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Él ignoraba para qué servía, o acaso lo fingiera para intrigarme más. Pero en aquel atardecer de fines de agosto vi la enorme rueda, que giraba impulsada por el viento en medio de una inmensa pradera, y que sin duda debía subir el agua de una granja vecina. Más allá de los árboles del prado se divisaban ya los primeros caseríos, y al avanzar por la amplia curva de la carretera, bordeando el río, el paisaje se ensanchaba y se abría. Llegado al puente me encontré por fin en la calle principal del pueblo. Ocultas entre los cañaverales de la pradera pastaban unas vacas, el sonido de cuyas campanillas llegaba a mis oídos mientras que, con los pies en la tierra y las manos apoyadas en el manubrio, contemplaba la aldea adonde llevaba tan importante noticia. Las casas, donde se podía llegar por una pasarela de madera, estaban todas alineadas a orillas de una zanja abierta a lo largo de la calle, y parecían barcas con el velamen recogido, amarradas en la calma del atardecer. Era la hora en que en cada cocina se enciende un fuego. Y entonces el temor de ir a turbar esa tranquilidad, mezclado con no sé qué oscuro pesar, comenzó a quitarme el valor.