El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Para aumentar más aún mi súbita vacilación, recordé que en ese mismo pueblo, en una plazoleta de la Ferté d’Angillon, vivÃa mi tÃa Moinel, una de mis tÃas abuelas. HabÃan muerto todos sus hijos, a uno de los cuales, Ernesto, el menor, que pensaba ser maestro, yo habÃa conocido. Mi tÃo abuelo Moinel, un viejo escribano, murió poco después que Ernesto, quedando mi tÃa sola en su extraña y reducida casa, con alfombras hechas de retazos cosidos, mesas colmadas de gallos, gallinas y gatos de papel, y paredes cubiertas por viejos diplomas, fotografÃas de difuntos y medallones con rizos de cabellos muertos.
Pese a tanto duelo y tantos recuerdos, mi tÃa era la extravagancia y el buen humor personificados. Una vez que encontré la plazoleta donde estaba situada su casa, la llamé a gritos por la abertura de la puerta entornada, y allá dentro, al fondo de las tres habitaciones contiguas, oà su estridente respuesta:
—¡Ya va! ¡Dios me valga!…