El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Se le volcó el café en el fuego (¿cómo se le ocurriría preparar café a esas horas?) y poco después apareció en el vano. Sobre su frente enorme y abultada, que la hacía parecer a una mujer mongol o negra, en la coronilla y muy echado hacia atrás, llevaba puesto un adefesio de sombrero, capota y capelina al mismo tiempo. Su risa entrecortada permitía ver los restos de sus afilados dientes. Y mientras yo la saludaba besándola, ella, torpe y apresuradamente, me tomó la mano que tenía a la espalda y con un misterio inútil —ya que estábamos solos— me deslizó una moneda que no me atreví a mirar: de un franco, sin duda. Luego, como yo puse cara de pedirle explicaciones o agradecerle, me empujó exclamando:

—¡Vamos, vamos! ¡Yo sé bien lo que pasa!

Siempre había sido pobre, pedigüeña y dadivosa.

—Toda mi vida he sido tonta y desgraciada —solía decir sin amargura, con su voz de falsete.

Convencida de que el dinero me preocupaba tanto como a ella, y sin darme tiempo a abrir la boca, la buena mujer me ponía en las manos sus míseros ahorros del día. Siempre me recibía así, invariablemente. La cena fue tan singular —rara y triste al mismo tiempo— como la bienvenida. Tenía siempre al alcance de la mano una vela, que tan pronto se llevaba, dejándome a oscuras, como la ponía sobre la mesa colmada de fuentes, platos y vasijas mellados y agrietados.


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