El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes —A ésta le rompieron las asas los prusianos, en el año setenta, al no poder llevársela —comentaba.
En ese instante, viendo ese gran jarrón de tan dramática historia, recordé otra ocasión en que habÃa cenado y dormido allÃ. Mi padre me llevaba a un médico especialista de la región del Yonne, que iba a curarme la rodilla, y debÃamos tomar un tren antes del amanecer. Yo recordaba la melancólica cena de aquel dÃa, y todos los relatos del viejo escribano, acodado en la mesa ante su botella de vino clarete. Y recordaba también mis temores. Después de cenar, sentados ante el fuego de la chimenea, mi tÃa abuela se empeñó en contar a mi padre una historia de aparecidos.
—Me vuelvo y, ¡ah, mi querido Louis!, ¿qué crees que vi? Una mujer gris…
Era bien sabido que mi tÃa tenÃa la cabeza llena de relatos terrorÃficos. Y esa noche, ya concluida la cena, cuando con un camisón a cuadros del tÃo Moinel, me disponÃa a dormir en el mejor dormitorio, mi tÃa fue a sentarse a la cabecera de mi lecho y, con su acento más misterioso y tenue, comenzó a decirme:
—Querido François, debo contarte algo que nunca dije a nadie…
«Buena la he hecho», pensé. «Voy a pasar toda la noche aterrado, lo mismo que hace diez años…»
Y la escuché. Mi tÃa Moinel movÃa la cabeza, mirando de frente sin pestañear, como si se estuviera contando aquella historia a sà misma.