El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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—Yo volvía de una fiesta, con mi esposo… Era la primera boda a la que concurríamos desde la muerte de nuestro pobre Ernesto. Allí encontré a mi hermana Adéle, a quien no veía hacia cuatro años. Un antiguo amigo de Moinel, muy rico, nos había invitado para el casamiento de su hijo, en su residencia de los Arenales. Alquilamos un coche, que nos costó carísimo… Alrededor de las siete de la mañana, en pleno invierno, volvíamos por la carretera. Salía el sol, no se veía absolutamente a nadie… Y de pronto, ¿qué veo en medio del camino? A un hombrecillo, un muchacho, bello como un sol, que estaba de pie y nos veía acercarnos sin moverse. Al aproximarnos veíamos mejor su linda cara, tan blanca y hermosa, ¡que daba miedo! Tomé a Moinel por el brazo y me eché a temblar como una hoja… ¡creía que era Nuestro Señor! Y le dije a mi marido: «Mira, una aparición». Pero él me contestó, furioso, y en voz baja: «Ya lo veo… pero ¡cállate, vieja chismosa!» Moinel no sabía qué hacer. Y en ese momento se detuvo nuestro caballo. Visto de cerca, el aparecido venía el rostro pálido y la frente empapada en sudor. Llevaba puesta una boina sucia y unos pantalones largos. Oímos que nos decía con dulce voz: «No soy un hombre, sino una muchacha. Me escapé y estoy agotada… Señora, señor, ¿quieren ustedes llevarme en su coche?» La hicimos subir enseguida y apenas se hubo sentado, se desvaneció. ¿Adivinas quién era? ¡Nada menos que la novia del muchacho de los Arenales, la novia de Frantz de Galais, en cuya casa habíamos estado invitados para la boda!


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