El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes —Pero… ¡si la novia huyó, no hubo boda! —exclamé.
—Claro que no —repuso mà tÃa, mirándome, confusa. No hubo boda… Porque resulta que a aquella pobre enferma se le metieron en la cabeza mil locuras que nos contó. Era la hija de un humilde tejedor, y estaba convencida de que tanta felicidad era imposible. El novio resultaba demasiado joven para ella; todas las maravillas que él le describÃa eran pura imaginación. En definitiva, cuando Frantz fue en su busca, a Valentine le dio miedo. Valentine y una de sus hermanas se paseaban con Frantz, pese al frÃo y al viento, por el jardÃn del Arzobispado, en Bourges. El muchacho, por delicadeza, claro está, y porque estaba enamorado de la más joven, colmaba de atenciones a la mayor. Pero la novia, ¡pobre loca!, no sé qué se habrá imaginado. Dijo que iba a su casa en busca de una pañoleta y una vez allÃ, para asegurarse mejor de que no la seguirÃan, se puso ropas de hombre y escapó a pie por la carretera de ParÃs. Su novio recibió una carta suya donde le decÃa que se marchaba para reunirse con un joven a quien amaba. Y no era verdad… Valentine nos contaba: «Soy más feliz con mi sacrificio, que sà fuera su esposa». SÃ, pobre tonta… Pero lo cierto es que a él ni siquiera se le habÃa ocurrido casarse con la hermana: y también es verdad que se pegó un tiro; vieron la sangre en el bosque, aunque nunca fue hallado su cadáver.