El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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No era un cuento de fantasmas lo que me contaba mi tía Moinel con su vocecilla estridente, tan adecuada para esa clase de relatos. Y yo, escuchándola, estaba en el colmo de la ansiedad. Habíamos jurado al volatinero Frantz servirle como hermanos, y allí se me presentaba la oportunidad de hacerlo… Pero ¿era el momento de estropear la alegría que iba a darle a Meaulnes a la mañana siguiente, contándole cuanto acababa de saber por boca de mí tía? ¿Para qué impulsarlo a una aventura mil veces imposible? Es verdad que teníamos la dirección de la muchacha en París, pero… ¿dónde hallar al volatinero que vagaba por el mundo? Dejemos a los locos con sus locos, me decía yo. Delouche y Boujardon acertaban… ¡Cuánto daño nos había hecho aquel novelesco Frantz! Y decidí guardar silencio hasta que viera casados a Agustín Meaulnes e Ivonne de Galais. Ya resuelto, persistía aún en mí la penosa sensación de un mal presentimiento, sensación absurda, que deseché enseguida. La vela ya se había consumido casi por entero; zumbaba un mosquito. Pero mi tía Moinel, con la cabeza inclinada bajo su capota de terciopelo —que no se quitaba sino para acostarse— y los codos apoyados en las rodillas, recomenzaba su relato. A veces levantaba bruscamente la cabeza para mirarme, tratando de sorprender mis impresiones, o acaso para ver sí me vencía el sueño. Por fin, cansado, apoyé con disimulo la cabeza en la almohada, cerré los ojos y fingí adormecerme…


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