El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Pero por la tarde, al anochecer, concluidos sus quehaceres, buscaba siempre un pretexto para irse al corral o al huerto, aunque hiciera un frÃo glacial, y allà la encontrábamos, de pie, llorando a lágrima viva. Nosotros le preguntábamos: «Vamos, ¿qué te pasa ahora?» Y ella nos contestaba: «Nada». Después entraba. Los vecinos me decÃan: «Esa sirvienta que ha encontrado usted es una joya, señora Moinel». Pese a nuestros ruegos, en marzo quiso irse a ParÃs… Le di unas ropas, que ella se arregló, y Moinel la llevó a la estación, le sacó el pasaje y le dio algo de dinero. No nos ha olvidado… Trabaja de costurera en ParÃs, cerca de la iglesia de Nôtre Dame, y todavÃa nos escribe preguntándonos sà sabemos algo de los Arenales. Una vez, para librarla de esa obsesión, le contesté que la propiedad habÃa sido vendida, y demolidos los edificios; que Frantz habÃa desaparecido para siempre y que la muchacha se habÃa casado. Y yo creo que todo esto debe ser verdad. Desde entonces, mi Valentine me escribe con menos frecuencia…