El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes En el intrincado pasillo, al que daban cuatro puertas, encontré a la madre de Meaulnes. Traía del jardín un gran montón de ropa, que sin duda habría puesto a secar temprano, aquella mañana de vacaciones. Iba con el cabello gris un tanto desgreñado, los mechones sobre la cara. Su rostro, de facciones regulares, mostraba, bajo el tocado antiguo, la hinchazón y el cansancio de una noche en vela; e inclinaba la cabeza tristemente, con aire abstraído.
Sin embargo, al verme de pronto, me sonrió diciendo:
—Llega a tiempo… Ya ve; aquí tengo tendida la ropa de Meaulnes, que se nos marcha. Pasé la noche arreglando sus cuentas y preparando sus cosas. El tren parte a las cinco, pero habrá tiempo para todo…
Tanta seguridad demostraba, que la decisión parecía, tomada por ella, aunque sin duda ignoraba hasta el nombre de la población adonde se dirigía Meaulnes.
—Suba usted —agregó—. Lo encontrará escribiendo en la Alcaldía…