El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes —Seurel, tú ya sabes lo que significó para mà la extraña aventura de Sainte-Agathe. Era la razón de mi vida y de mis esperanzas. Perdida la esperanza, ¿qué iba a ser de mi? ¿Vivir como todos? Y bien; cuando me convencà de que todo habÃa concluido y de que ya no valÃa la pena buscar la mansión perdida, probé vivir en ParÃs… Pero, cuando se ha vislumbrado el ParaÃso, ¿cómo contentarse con la vida de todos? Lo que para los demás es la dicha, a mà me resultaba irrisorio. Y cuando, sincera y deliberadamente, decidà un dÃa hacer como todos, coseché remordimientos para rato…
Sentado en una de las sillas de la plataforma, escuchándolo sin mirarlo, con la cabeza gacha, yo no sabÃa qué pensar de aquellas confusas explicaciones.
—Terminemos, Meaulnes —le ped×. ExplÃcate mejor… ¿Para qué este largo viaje? ¿Acaso debes reparar alguna falta, cumplir alguna promesa?
—Y bien, sà —me contestó—. ¿Recuerdas la promesa que le hice a Frantz?
—Ah, sólo se trata de eso —exclamé con gran alivio.
—De eso… Y también, tal vez, de una falta que reparar. Las dos cosas al mismo tiempo…
A esto siguió un instante de silencio, en cuyo transcurso me decidà a hablar y ensayé mis palabras. Él añadió: