El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes —Sólo en una explicación tengo fe. Es verdad que hubiera querido volver a ver a la señorita de Galais, volver a verla, nada más… Pero ahora me convenzo: cuando descubrà el castillo sin nombre, me encontraba en una cima, en un grado de perfección y pureza que jamás recobraré. Quizá sólo en la muerte, como te escribà una vez, vuelva a encontrar la belleza de aquellos tiempos… —Cambió de tono para continuar, con extraña animación, acercándose a m×. Pero ¡escucha; Seurel! Esta nueva intriga y este gran viaje, esta falta cometida que debo reparar, son, en cierto sentido, la continuación de mi antigua aventura…
Hubo una pausa, en cuyo transcurso intentó, penosamente, retomar el hilo de sus pensamientos. Yo, que ya habÃa dejado escapar una ocasión, por nada del mundo iba a desaprovechar la presente. De modo que hablé, y por cierto con demasiada prisa. Más tarde lamenté amargamente no haber esperado la confesión de Meaulnes.
Pronuncié, pues, la frase que tenÃa preparada para momento anterior, pero que ya no era oportuna. Sin gesto, sin levantar siquiera la cabeza, dije:
—¿Y si yo viniera a anunciarte que no todas las esperanzas están perdidas?
Me miró y luego, apartando bruscamente la mirada, enrojeció como no he visto enrojecer a nadie: fue una oleada de sangre, que debÃa latir con fuerza en sus sienes…
—¿Qué quieres decir? —preguntó por último, de manera apenas inteligible.