El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Entonces, de un tirón, le conté todo lo que sabía, todo lo que había hecho, y cómo, cambiada la situación, casi parecía ser Ivonne de Galais quien me enviaba en su busca.

Agustín estaba ahora terriblemente pálido.

Durante mi relato, me escuchó en silencio, con la cabeza un poco gacha, en la actitud de quien, habiendo sido sorprendido, no sabe cómo defenderse, ocultarse ni escapar; recuerdo que me interrumpió una sola vez. Fue cuando le conté, accidentalmente, que la mansión de los Arenales había sido objeto de una demolición total, y que el castillo de otrora ya no existía.

—Ah, ¿lo ves? —exclamó entonces, como si hubiera estado al acecho de algo que justificara su conducta y la desesperación que lo dominaba—. ¿Lo ves? ¡Ya no queda nada!…

Para terminar, seguro de que tanta, aventura le quitaría todo vestigio de dolor, le conté que mi tío Florentin había organizado una salida al campo, que la señorita de Galais concurría a ella a caballo, y que él también estaba invitado… Pero Meaulnes parecía totalmente desamparado y seguía sin contestar.

—Hay que anular tu viaje —le dije con impaciencia. Vamos a decírselo a tu madre…

Mientras bajábamos, me preguntó con vacilación:

—¿Así que, de veras, es necesario que vaya a esa excursión campestre?


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