El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes —Vamos, hombre, eso ni se pregunta —le contesté.
ParecÃa como si lo sostuvieran, empujándolo por detrás,
Abajo, AgustÃn advirtió a la señora Meaulnes que yo almorzarÃa y cenarÃa con ellos, que me quedarÃa a dormir y que, al dÃa siguiente, él alquilarÃa una bicicleta para acompañarme a Vieux-Nançay.
—Ah, muy bien —aprobó ella, moviendo la cabeza, como si todas aquellas noticias no hicieran más que confirmar sus previsiones.
Me senté en el comedor, bajo los calendarios ilustrados, los puñales ornamentados y las cantimploras sudanesas que un hermano del señor Meaulnes —que en otros tiempos fuera infante de marina— trajera de sus largos viajes.
AgustÃn me dejó allà un instante solo, antes de comer, y oà que en el cuarto de al lado, donde su madre le habÃa preparado el equipaje, le decÃa bajando un poco la voz que no deshiciera la valija, pues acaso se tratara de una simple postergación…