El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes BASTANTE me costó seguir a Meaulnes por la carretera de Vieux-Nançay. Volaba como un corredor ciclista. Nunca se apeaba en las cuestas. Reemplazaba a su inexplicable vacilación de la víspera una fiebre, un nerviosismo, un anhelo por llegar cuanto antes, que no dejaban de causarme cierto temor. En casa de mi tío demostró la misma impaciencia. Se le habría creído incapaz de interesarse por nada hasta el momento en que, instalados en el coche, a las diez de la mañana del día siguiente, nos preparamos para partir hacia la costa del río.
Estábamos a fines de agosto, cuando declina el verano. Ya los vacíos frutos de los castaños comenzaban a alfombrar las pálidas carreteras. No era largo el trayecto: la granja de los Aubiers, cerca del Cher, donde íbamos, debía estar a poco más de dos kilómetros, más allá de los Arenales. De vez en cuando nos encontrábamos con otros invitados en coche, y hasta con jóvenes a caballo, a quienes Florentin se había atrevido a invitar en nombre del señor de Galais. Como en otros tiempos, se procuró reunir pobres y ricos, hidalgos y labriegos. Fue así como vimos llegar en bicicleta a Jazmín Delouche, quien, por intermedio del guarda Baladier, había trabado conocimiento con mi tío poco tiempo antes.