El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Al verlo dijo Meaulnes:
—Ahà está el que poseÃa el secreto de todo, mientras yo me iba a ParÃs a buscarla. ¡Es para desesperarse!
Cada vez que lo miraba, aumentaba su rencor. El otro, que, por el contrario, se consideraba acreedor a toda nuestra gratitud, escoltó nuestro coche desde muy cerca, hasta el final. Era evidente que habÃa invertido no poco dinero en asearse, aunque de poco le valÃa al pobre, y los faldones de su raÃda chaqueta chocaban contra el guardabarros de su velocÃpedo…
Pese a cuanto se esforzaba por mostrarse amable, su rostro ajado no acababa de convencernos. A mà me inspiraba más bien una vaga compasión. Pero ¿a quién no habrÃa compadecido yo aquel dÃa?…
Cada vez que recuerdo aquel paseo, lo hago con un oscuro pesar, como con una especie de vergüenza. ¡Me lo habÃa prometido tan feliz! ¡Todo me parecÃa tan perfectamente combinado para nuestra dicha! Y sin embargo, ¡qué poco dichosos fuimos!