El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes De todos modos, las orillas del Cher estaban preciosas. En la margen donde nos detuvimos, el ribazo concluía en suave pendiente, y la tierra se dividía en prados verdes, sauzales separados por cercos, como otros tantos minúsculos jardines. Del otro lado del río, las riberas estaban formadas por colinas grises, abruptas y pedregosas, y en la cima de las más lejanas se distinguían, entre los abetos, pequeños castillos románticos, con sus torrecillas. De vez en cuando se oían a lo lejos los ladridos de la jauría del palacio de Preveranges.
Hasta allí habíamos llegado por un laberinto de senderos, tan pronto erizados de guijarros blancos como llenos de arena, senderos que en las cercanías del río las aguas vivas transformaban en arroyos. A nuestro paso, las ramas de los groselleros silvestres nos enganchaban las mangas. A veces nos encontrábamos sumidos en la fresca sombra de los hondos barrancos; otras, al contrario, nos inundaba la clara luz del valle entero. A lo lejos, en la orilla opuesta, vimos al acercarnos a un hombre que pegado a las rocas, tendía parsimoniosamente sus espineles. Y ¡qué tiempo, Dios mío!
Nos instalamos en el césped, en el reparo formado por un bosquecillo de abedules, en medio de un vasto prado.
Los coches fueron desenganchados, y los caballos conducidos a la granja de los Aubiers. En el bosque comenzaron a sacar provisiones, disponiendo en la pradera unas mesitas plegables, llevadas por mi tío.