El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Entonces hizo falta gente bien dispuesta para que aguardara a la entrada del camino la llegada de los rezagados y les indicara dónde se hallaban los demás. Yo me ofrecÃa enseguida; Meaulnes me acompañó, y fuimos a apostarnos junto al puente colgante, en el cruce de varios senderos con el camino que comunicaba con los Arenales.
Allà esperábamos, caminando de un lado a otro, conversando sobre el pasado, procurando distraernos de cualquier manera. Llegó otro coche de Vieux-Nançay, ocupado por unos campesinos desconocidos, con una muchacha llena de moños; luego, nada más. Si: tres niños en un carrito tirado por un asno, los hijos del antiguo jardinero de los Arenales.
—Me parece reconocerlos —dijo Meaulnes—. DirÃa que son los que la otra vez me tomaron de la mano, la primera noche de la fiesta, y me llevaron a cenar…
Pero en ese momento, como el animal no quiso seguir andando, los niños se apearon para aguijonearlo, tirar de, él, golpearlo a más no poder. Meaulnes, decepcionado, pretendió entonces haber sufrido una equivocación.
Yo les pregunté si habÃan visto por la carretera al señor' de Galais y su hija. Uno contestó que no sabÃa; el otro:
—Me parece que sÃ, señor.
Con lo cual no sacamos nada en limpio.