El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Por fin bajaron a la pradera; unos tirando del burrito por las riendas, otros empujando el carrito por detrás, y nosotros volvimos a montar la guardia. Meaulnes no apartaba la vista del recodo del camino que conducÃa a los Arenales, acechando con una especie de terror la aparición de la muchacha a quien con tanto ahÃnco buscara en otras ocasiones. Se habÃa apoderado de él una irritación extravagante, casi cómica, que descargaba contra JazmÃn. Desde lo alto del pequeño talud donde nos subimos para dominar un mayor trecho de camino, divisamos en el césped, más abajo, a un grupo de invitados, entre quienes Delouche procuraba hacer buen papel.
—Mira ese tonto, cómo discursea —me decÃa Meaulnes.
—Déjalo, hombre —le decÃa yo—. El pobre hace lo que puede…
AgustÃn no se dio por vencido. Allá abajo, una liebre o una ardilla debieron surgir de la espesura. Haciendo gala de serenidad, Delouche hizo ademán de perseguirla.
—¡Vaya, qué me dices! Ahora corre… —exclamó Meaulnes, como si realmente fuera el colmo de la audacia.
Esta vez no pude contener la risa. Tampoco Meaulnes, aunque duró lo que dura un relámpago. Transcurrido otro cuarto de hora, dijo:
—¿Y si no viene?
—¡Lo prometió! Ten un poco de paciencia…