El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Se dispuso a esperar de nuevo. Pero, incapaz de soportar por más tiempo aquella espera intolerable, acabó por decirme:
—Oye, yo me voy abajo, con los demás. En estos momentos se me opone algo, no sé qué. Si me quedo, es seguro que no vendrá; imposible que pueda verla aparecer ahora por el extremo del camino.
Y se marchó dejándome solo. Yo, para pasar el rato, avancé un centenar de metros por el caminito… Y en el primer recodo vi a Ivonne de Galais, montada en su viejo caballo blanco, tan fogoso aquella mañana, que se veÃa obligada a tirar de las riendas para que no trotara. Delante del caballo, penosamente y en silencio, caminaba el señor de Galais. Sin duda padre e hija se habrÃan relevado por el camino, sirviéndose por turno de la vieja cabalgadura.
Al verme solo, ella me sonrió, se apeó con agilidad y, confiando a su padre las riendas del animal, se dirigió hacia mÃ, que corrÃa a su encuentro.
—Cuánto me alegro de encontrarlo a usted solo —exclamó—. Porque no quiero que nadie, salvo usted, vea al viejo Belisario, ni tampoco deseo dejarlo junto con los demás caballos. Primero, porque es demasiado viejo y feo, y luego, porque siempre temo que otro caballo me lo lastime. Pero es el único que me atrevo a montar, y cuando muera, no volveré a ir a caballo.