El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Al igual que en Meaulnes, notaba en la señorita de Galais, bajo esa encantadora animación, esa gracia tan apacible en apariencia, cierta impaciencia rayana en la ansiedad. Hablaba más de prisa que de costumbre. Pese al rubor de sus mejillas y pómulos, rodeaba sus ojos y su frente una palidez violenta, que delataba toda su turbación.

Resolvimos atar a Belisario a un árbol, en un bosquecillo no lejos del camino. Sin decir palabra, como de costumbre, el anciano señor de Galais sacó el cabestro y ató al animal; un poco bajo, a mi parecer. Les prometí traer sin tardanza, de la granja, heno, avena y paja.

Así llegó la señorita de Galais al prado, como en otros días habría bajado a la orilla del río, donde Meaulnes la vio por primera vez.

Del brazo de su padre, sosteniendo con la mano izquierda el vuelo de la capa amplia y ligera que la cubría, se iba acercando a los invitados, con ese aire suyo, tan formal y tan infantil a la vez. Yo caminaba a su lado. Todos los invitados que se habían dispersado, o que estaban jugando más lejos, se incorporaron para recibirla reunidos. Hubo unos instantes de silencio, durante los cuales todos la contemplaron acercarse.


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