El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Meaulnes se había unido al grupo de los jóvenes, de quienes nada, salvo su gran estatura, podía distinguirlo; y aun así, había otros tan altos como él. No hizo nada para llamar la atención: ni un gesto, ni un paso adelante. Yo lo veía vestido de gris, mirando de frente, como los demás, a esa muchacha tan hermosa que se acercaba a ellos. Después, sin embargo, con un movimiento inconsciente y cohibido, se pasó la mano por la desnuda cabeza, como si entre sus compañeros tan bien peinados quisiera ocultar su rapada cabeza de rudo aldeano.
Enseguida, todo el grupo rodeo a la señorita de Galais, a quien le fueron presentados los muchachos y muchachas que no conocía… Iba a tocarle el turno a mi amigo, y yo, tan ansioso como él, me disponía a ser quien lo presentara.
Pero ella, sin dejarme abrir los labios, se adelantó hacia él con una decisión y una calma asombrosas.
—Usted es Agustín Meaulnes —dijo, y le tendió la mano.