El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Yo, aunque no lo confiese, opino lo mismo.

—Lo mejor —sugiero— sería dar con ellos, ver lo que quieren y hacerlos entrar en razón…

Lentamente y en silencio, pues, agachándonos, nos deslizamos por el monte hasta el bosque, de donde parte a intervalos regulares aquel grito prolongado que, sin ser particularmente triste por sí mismo, nos parece a los dos un augurio siniestro.

En esa parte del bosque en que la mirada se pierde entre los troncos que se elevan a trechos iguales, resulta difícil sorprender a alguien y avanzar sin ser visto. Ni siquiera lo intentamos. Yo me sitúo en un ángulo del bosque; Jazmín lo hace en el opuesto, a fin de poder dominar desde afuera, como yo, dos de los lados del rectángulo, y para que ninguno de los dos titiriteros pueda escapar sin que lo detengamos. Una vez tomadas estas disposiciones, comienzo a representar mi papel de explorador pacífico, llamando:

—¡Frantz! ¡Frantz! No tema, soy yo, Seurel, debo hablarle…

Un instante de silencio; estoy por gritar de nuevo cuando, en el mismo corazón del bosque, donde mi vista no logra penetrar del todo, una voz ordena:

—Quédese quieto… Frantz va a su encuentro.


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