El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Poco a poco, entre los altos abetos que la distancia nos hace creer espesos, distingo la silueta del joven que se acerca. Parece embarrado y mal vestido; lleva en las puntas de los pantalones unos broches de bicicleta, una vieja gorra marinera sobre su larga melena; ahora veo su rostro enflaquecido… Aparentemente ha estado llorando.

Acercándose con decisión, me pregunta con un aire lleno de insolencia:

—¿Qué quiere?

—Y usted, Frantz, ¿qué hace por aquí? ¿Por qué viene a turbar a quienes son felices? ¿Busca acaso algo? Dígalo.

Así interpelado directamente, se ruboriza un poco y se limita a contestar, balbuceando:

—Soy un desgraciado, un desgraciado…

Y entonces, apoyando la cabeza en los brazos y éstos en un árbol, rompe a llorar con amargura. Damos unos pasos por el bosque, en completo silencio. Ni siquiera se oye la voz del viento, detenida por los abetos del lindero. Entre los troncos simétricos se repite y apaga el rumor de los sollozos contenidos del muchacho. Aguarde a que se le pase la crisis y poniéndole una mano sobre el hombro, le digo:

—Venga conmigo, Frantz; vamos a verlos. Lo recibirán como al hijo perdido y recobrado, y no se hablará más del asunto.


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