El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Fue una tarde de abril, una tarde desolada, como la de los fines de otoño. Casi un mes hacía que gozábamos de una primavera suave y prematura, y la joven había reanudado, acompañada por el señor de Galais, aquellos largos paseos que tanto le agradaban. Pero como ese día el anciano estaba cansado, y yo libre, Ivonne me rogó que la acompañara, pese a que el tiempo amenazaba. A más de media legua de los Arenales, a orillas del estanque, nos sorprendió un temporal de lluvia y granizo. Bajo el cobertizo donde nos guarecíamos del interminable aguacero, nos helaba el viento. Permanecíamos juntos, de pie, pensativos, ante el paisaje ensombrecido. Todavía me parece verla, con su vestido fino y severo, llena de palidez y tormento.

—Tenemos que volver a casa —decía—. Hace tanto que salimos… ¡Quién sabe qué puede haber pasado!

Pero cuando por fin pudimos abandonar nuestro refugio, advertí con asombro que la joven, en lugar de encaminarse hacia los Arenales, proseguía su camino, rogándome que la siguiera. Después de recorrer un buen trecho, llegamos a una casa, a la vera de un camino que debía llegar hasta Preveranges. Era una casita burguesa, con techo de pizarra, que no se distinguía en nada del tipa habitual en aquella región, salvo en su alejamiento y soledad.


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