El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Fui a verla con frecuencia. A menudo conversábamos junto al fuego, en aquel salón bajo, donde la noche llegaba antes que a ningún otro sitio. Nunca me hablaba de sí misma ni de su dolor oculto, pero, en cambio, no se cansaba de hacerme relatar los pormenores de nuestra vida estudiantil en Sainte-Agathe.

Tierna y seria, con un interés casi maternal, escuchaba el relato de nuestras tribulaciones de niños grandes. Aparentemente fiada le extrañaba, ni siquiera nuestras chiquillerías más audaces y riesgosas. Conservaba, intacta esa ternura atenta, heredada del señor de Galais, incluso, después de las deplorables andanzas de su hermano. Según creo, el único pesar que le infundía el pasado era el de no haber logrado ser, para su hermano, una confidente lo bastante íntima, ya que en el momento de su gran desastre tampoco se atrevió Frantz a revelarle lo que no dijo a otros, creyéndose irremediablemente perdido. Y cuando lo pienso, comprendo qué pesada era la tarea de esa muchacha; tarea peligrosa, la de servir de apoyo a un espíritu alocadamente quimérico, como el de su hermano; tarea abrumadora, cuando se trataba de entenderse con aquel corazón aventurero que era el de, mi amigo, el gran Meaulnes.

Un día Ivonne me dio la prueba más conmovedora, casi diría la más misteriosa, de aquella fe que aún tenía en los sueños infantiles de su hermano; del cuidado que ponía de conservarle los restos, por lo menos, de aquel ensueño en que viviera hasta los veinte años.


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