El Gran Meaulnes

El Gran Meaulnes

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Como el anciano, muy confuso y triste, no me invitaba a pasar, me despedí de él enseguida. Una vez cerrada la puerta, me quedé un momento en la escalera, lleno de inquietud y congoja, mirando sin saber por qué una rama seca de glicina que el viento agitaba tristemente en medio de un rayo de sol.

De modo que el secreto remordimiento que Meaulnes experimentaba desde su estadía en París había terminado por dominarlo… Finalmente, mi amigo tuvo que escapar a su dicha tenaz…

Todos los jueves y domingos iba a preguntar por la salud de Ivonne. Un día, ya convaleciente, pidió que me hicieran pasar. La encontré sentada junto al fuego, en el salón cuyo ventanal bajo daba al campo y los bosques. No estaba pálida, como yo imaginaba; al contrario, toda febril, con vivas manchas purpúreas bajo los ojos y en un estado de extrema agitación. Aunque me pareció estar muy débil todavía, se había vestido como para salir. Hablaba poco, pero pronunciando cada frase con una animación extraordinaria, como si buscara convencerse de que su felicidad no había desaparecido todavía…, No recuerdo qué nos dijimos. Sólo sé que durante nuestra conversación le pregunté, no sin vacilar, cuándo regresaría Meaulnes.

—No sé cuándo volverá —repuso vivamente.

Al notar el ruego que expresaba su mirada, me abstuve de preguntarle nada más.


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