El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Al dÃa siguiente —sábado— la misma incertidumbre. Por la tarde, tomé a toda prisa la bufanda, el bastón y un trozo de pan, para comerlo por el camino, y llegué al anochecer. Encontré la casa de los Arenales completamente cerrada, igual que el dÃa anterior… Un poco de luz en el primer piso, pero ni un ruido, ni un movimiento… Sin embargo esta vez vi, desde el patio de la casa de campo, abierta, la puerta de la granja y encendido el fuego en la espaciosa cocina, y oà un rumor de voces y de pasos como el que suele indicar la hora de la cena. Eso, si bien me tranquilizó, no me sacó de dudas; nada podÃa decir ni preguntar a esa gente. Y otra vez me puse a atisbar y aguardar en vano, pensando siempre en que la puerta se abrirÃa y por ella se asomarÃa al fin la alta silueta de AgustÃn.
Hasta la tarde del domingo, no me atrevà a llamar a la puerta de la casa de los Arenales. Mientras trepaba por los desiertos ribazos ola a lo lejos las campanas de aquel domingo de invierno. Me dominaba la soledad y la desolación; me iba invadiendo no sé qué triste presentimiento. Por eso no me sorprendà demasiado cuando, después de llamar, vi aparecer al señor de Galais, quien me anunció casi en voz baja que Ivonne se hallaba en cama, con mucha fiebre. Meaulnes habÃa tenido que emprender un largo viaje, el viernes por la mañana, y nadie sabÃa cuándo regresarÃa…