El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Finalmente, un día de asueto, descubrí en el granero un viejo maletín de piel de cerdo, largo y plano, algo raído, en el cual reconocí el que Meaulnes llevaba el colegio. Lamentando no haber comenzado a averiguar por allí, hice saltar sin dificultad alguna su enmohecida cerradura. El maletín estaba lleno hasta el tope con los cuadernos y libros de Sainte-Agathe. Aritmética, literatura, cuadernos de problemas, ¡qué sé yo! Más con ternura que por curiosidad, me puse a revisarlo todo, releyendo los dictados que aún me sabía de memoria, tantas veces los habíamos escrito. «El acueducto», de Rousseau; «Una aventura en Calabria», de Courier; «Carta de Jorge Sand a su hijo»…
Había, además, un «Cuaderno de tareas mensuales». Eso me sorprendió, ya que esa clase de cuadernos quedaban en el aula, y los alumnos nunca los retiraban. Era un cuaderno verde, de bordes amarillentos, en cuya tapa figuraba el nombre del alumno, Agustín Meaulnes, escrito con magnífica letra redondilla. Lo abrí… La fecha de los deberes, abril de 189…, me indicó que Meaulnes lo había iniciado poco antes de abandonar Sainte-Agathe. Las primeras páginas estaban llevadas con religioso esmero, obligatorio cuando se trabajaba en aquel cuaderno de composiciones. Pero las páginas escritas no eran más de tres; el resto aparecía en blanco, y era seguramente por eso que Meaulnes se lo llevó.