El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes Arrodillado en el suelo, y mientras pensaba en aquellos preceptos y costumbres pueriles tan importantes en nuestra adolescencia, hojeaba las páginas del cuaderno inconcluso. Fue asà como descubrà otras hojas utilizadas; después de cuatro páginas en blanco, aparecÃan más anotaciones.
Ésta era también letra de Meaulnes, pero una letra rápida, mal hecha, casi ilegible; unos párrafos de extensión desigual, separados por lÃneas en blanco. A veces no era más que una frase inconclusa; otras, unas fechas. A partir de la primera lÃnea, me pareció que ese cuaderno podÃa contener informaciones sobre la vida pasada de Meaulnes en ParÃs, indicios sobre la pista que yo buscaba, y bajé al comedor para recorrer a mis anchas y a la luz del dÃa aquel extraño documento. Era un dÃa invernal, claro y agitado. Tan pronto un sol vivo dibujaba la cruz de los listones sobre las blancas cortinillas de la ventana, como una brusca ráfaga lanzaba contra los vidrios un aguacero helado. Y ante aquella ventana, junto al fuego, leà aquellos renglones, que me explicaron tantas cosas y cuya copia textual transcribo a continuación…