El Gran Meaulnes

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Sin embargo, en plena noche, en la calle desierta y mojada donde se refleja la luz de un mechero de gas, se me acercó súbitamente para pedirme que la llevara al teatro esta noche con su hermana. Por primera vez noto que viste de luto; luce un sombrero demasiado viejo para su joven rostro, y un paraguas alto, fino como un bastón. Y como la tengo muy cerca, al hacer un ademán, mis uñas rozan el crespón de su blusa… Pongo objeciones a lo que me pide. Ella, enojada, se quiere marchar enseguida. Y ahora soy yo quien la retiene y le ruega. Entonces un obrero que pasa en la oscuridad dice a media voz, bromeando:

—¡No vayas, muchacha, te hará daño!

Y los dos nos quedamos desconcertados.

En el teatro. Las dos jóvenes: mi amiga, que se llama Valentine Blondeau, y su hermana, han llegado con unos pobres chales.

Tengo delante a Valentine, que a cada rato se vuelve, inquieta, como reprochándome algo. Y yo, a su lado, me siento casi feliz; cada vez le respondo con una sonrisa.

Junto a nosotros había unas mujeres demasiado escotadas, y nosotros bromeábamos. Al principio, ella sonreía; luego dijo:

—No está bien que me burle… También yo estoy demasiado escotada.


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